SOLEDAD

Quizás van a tener razón quienes se ríen abiertamente cuando escuchan de mi boca que me considero una chica tímida. Me ha pasado en varios círculos ya. Es insinuarlo, y saltan las carcajadas. “¿Tímida tú? ¡Pero qué nos cuentas, Lola!”. Y siento que me quedo sola, sin que nadie dé un mínimo de credibilidad a mis palabras.

No tengo muy claro de dónde sale esa imagen de extroversión mía. Pero, una vez más, vuelvo a pensar que ha sido uno de los efectos mágicos que Miami ha causado en mí.

Me recuerdo, de pequeña, como una niña abierta y amigable. Nunca líder, ni “popular”, y siempre escogiendo con escrúpulos a mis amigos/as, pero sin grandes problemas para socializar y, sobre todo, charlatana y risueña. Ya de adolescente y en los primeros años de juventud, la vida me habia sonreído tanto que esa faceta “cotorra” y desenfadada, probablemente, se me había acentuado. Pero con los primeros avisos que te da la vida de que “no todo el mundo es bueno”, ni la nube rosa en la que habías vivido era real, creo que empecé a replegarme con la misma sensibilidad con que los cuernos de un caracol se retraen al ser rozados. Quien más, quien menos, ha tenido sus aperturas bruscas al mundo real a través de las circunstancias que sean y creo que cada una de ellas nos ayuda a irnos poniendo en nuestro sitio.

Pues bien, encontré el mío en la ratonera de una pared, desde donde uno mira al mundo a escondidas y donde se siente protegido de los ataques ajenos. Ya. Ya lo estoy viendo. Ahí es donde empiezo a sentir vuestros primeros signos de incredulidad. Y vuestras risas. Pero creedme si os digo que, de verdad, prefería mirar sin ser vista y, definitivamente, solo dejar entrar en mi ratonera al que fuera desconfiado y encogido, igual que me sentía yo. En efecto, debe ser que la vida me había dejado claro ya, en varias ocasiones, que no todos han sido destinados a sacar pecho y a comerse el mundo, proclamando a los cuatro vientos sus penas y alegrías. Y, ante eso, opté por la prudencia y la discreción.

Esas que, en principio, solo suenan a virtudes, fueron poco a poco derivando en amenazas a mi personalidad que, con el paso de los años, creo que llegó a rozar el caracter ermitaño.  Fueron los años en los que uno se refugia ya más en una sola persona (la escogida como pareja que, en mi caso, todo sea dicho de paso, tampoco era el prototipo de relaciones públicas de Pachá Ibiza, para que nos entendamos…), en los que el trabajo ocupa un porcentaje mayoritario de nuestra vida y nos obliga, además, a tener ojos en la nuca y recelar del vecino de mesa (en el caso de los que escogimos o, ni tan siquiera eso, la vida nos llevó, por el camino de la jungla empresarial), en los que empezamos a tener a nuestros cachorros (etapa inevitable, en mayor o menor grado,  de un mayor aislamiento social, especialmente para las que los cargamos en nuestros vientres y en nuestros pechos, por imperativo de madre natura) y en los que vamos aposentando nuestras vidas, en la mayoría de los casos de los oriundos del país de origen de la que os habla, en entornos relativamente próximos al círculo familiar, con lo que la necesidad de abrir nuestros brazos y caracter al prójimo  desconocido y a los nuevos fichajes de nuestro entorno, quedan reducidos a la nada. Cuántas veces no habré dicho yo durante esas etapas de mi vida (¡y habré oido decir!) esa gloriosa (y repugnante frase, según la siento ahora) de …”No, si yo, a mis años…¡ya no necesito hacer amigos!”).

¡Qué necios y ciegos somos cuando nos creemos tan cargados de razón en temas que la ciencia no nos puede discutir!

Pues sí, esos fueron los años en que yo me creía autosuficiente y feliz sin tener que relacionarme demasiado con mis semejantes. Mi vida se había instalado cómodamente en el conjunto formado por mi marido y mis hijos. El resto de mi familia, cercana siempre a mí, ponían el resto. Y los/as pocos/as amigos/as que presumía de tener (“pocos y buenos”, me repetía orgullosa… ¡Carajo, Lolita! ¡Solo te faltaba que además de pocos, fueran malos, pedazo de lela!), siempre han estado ahí y les agradeceré de por vida que hayan sabido respetar mis fases de extro e introversión.soledad

El caso es que yo me quedaba metida en mi coche cuando iba a recoger a los niños a la salida del colegio hasta que el mismísimo timbre pitaba, por no tener que saludar a una madre que se me acercara. Bajaba a la piscina de mi comunidad enfrascada concienzudamente en mi lectura ya desde el ascensor, no fuera a ser que alguien se me pusiera al lado. Mantenía mis gafas de sol puestas en las salas de espera de cualquier doctor, por si acaso alguien me sorprendía descansando mi vista en él/ella y me dirigía la palabra. O, en el extremo de mis pesadillas, si debía acudir a una reunión social, fuera de mi círculo más allegado, no encontraba mejor manera de soportarla que buscando, de nuevo, un rincón-ratonera, en el que me la pasaba rezando por volverme invisible.

Y ahora, decidme todas: ¿cómo se le llama a eso? Yo, llegué a la conclusión de que solo podía ser una cosa: timidez.  Sí, una timidez que me hacía buscar la soledad como el bien más preciado.

Fueron años caseros, en los que no me importaba pasar las horas a solas conmigo. Nunca entendía a aquéllos que necesitaban siempre de la compañía de los otros. Me acostumbré  a vivir a gusto en el silencio y debí, inconscientemente, imponerlo porque, a día de hoy, los amigos de mis hijos que comparten mesa a veces con nosotros, se sorprenden del tono moderado de nuestras conversaciones y de la falta de jaleo alrededor (sin que me quepa la menor duda de lo aburridísimo, por supuesto, que les debe parecer nuestro hábitat doméstico y de lo que deben compadecer a mis hijos por ello).

La soledad la buscaba, y me hacía bien (o eso creía entonces).

Corrían los primeros años del nuevo siglo. Fue en 2005 cuando aterrizamos en Miami. Nuestra nueva vida. Llegamos un 30 de junio y creo que debían haber pasado unos tres meses, sin que yo aún hubiera conocido a nadie. Por supuesto que oía hablar a españoles a mi alrededor pero, de nuevo, no se me ocurría levantar la vista de mi libro, feliz como estaba en mi paraíso tropical, para dirigirme a ellos e iniciar una conversación que, pensaba, nada de nuevo me aportaría, y menos con la inevitable frase de “¡Hola! ¿Eres español?¿Cuándo habéis llegado?”  ¿Yo? ¡Nunca!

Pero, mirad por dónde, alguien por mí lo hizo. De repente. Me pilló en un descuido y…¡zas! Me lo soltó. Y creo que, en ese momento, empezó esta etapa nueva de mi vida.

Me costó medio minuto (mucho menos de lo que yo hubiera imaginado) superar mi timidez esta vez. Su sonrisa abierta, sus ojos chispeantes, sus brazos en jarras, campechana y cercana (parece que la estuviera viendo ahora mismo) en la orilla del mar, y su propuesta de llamarme al día siguiente para tomar un café con otras chicas que acababa de conocer (ella, en la misma situación que yo, llegada hacía solo unos pocos meses) fueron como un resorte que yo debía llevar esperando mucho tiempo, sin saberlo, para salir de mi cascarón. Seguí sus pasos a donde me llevó en las semanas siguientes y, enseguida, me sentí acogida en una comunidad a la que, en pocos años, llegué a considerar mi familia de aquí. Y eso siguen siendo, al cabo del tiempo. Eso he oído decir que son los mejores amigos de uno: la familia que uno escoge, con madurez y criterio, no la que le vino a uno dada.

Para qué insistir en lo que los años de expatriada en Miami han supuesto para mí. Ya me conocéis todas (o me habéis ido conociendo un poco): años de expansión y enriquecimiento personal, de felicidad, de agradecimiento a lo que unos y otros me han dado y me dan, de plenitud, de satisfacción por la madurez radiante y espléndida que sentía instalarse en mí. Y todo ello, por una causa que creo tener bien identificada: mi vuelta a la extroversión. Comprender ahora que nada hay mejor que las buenas amistades, que los círculos de amigos que se encuentran y se pasan las horas frente a unos vinos, riendo y conversando, soñando proyectos que llegarán o no, pero que nos ilusionan, comprender también que tan felices son ellos de hacerte un favor como tú de podérselo hacer a ellos, improvisar planes o detallarlos con tiempo, abrirles felices las puertas de tu casa, escucharles sus vidas y contarles las tuyas, querer a sus hijos casi como si fueran propios, integrarlos en tu vida, en definitiva, con un amor y un cariño del que ya nunca te vas a poder desprender… Solo pensar en perderles duele como si te arrancaran un brazo, o cualquier parte de tí. ¿Cómo hubiera yo pensado esto en mis años de “timidez”?

Me alegra tener la edad que tengo y haber vivido todo esto para haberlo llegado a comprender. Tarde, probablemente. Mucho más tarde de lo que otros lo habréis hecho. Pero mi proceso fue así.

soledadAsí que, volvieron los años de extroversión, de cotorrear sin medida, de contar y escuchar, de compartir siendo esa tu mayor felicidad y, en definitiva, de no acordarte de algo que se llamaba “soledad”.

Pero la vida son capítulos y no cada uno de los renglones los escribes tú. Hay “circunstancias sorpresa”, “circunstancias impuestas”, “circunstancias escogidas” y, sencillamente, “circunstancias”. Te toca vivirlas. Y en ello estoy.

Mi circunstancia me ha obligado a recibir a la soledad en mi vida otra vez. Con una diferencia: que es que ahora no la quiero. Y cuando uno no la quiere, ella acecha, y asusta, y sobreviene, y le envuelve a uno con mucha más frecuencia e intensidad de lo que quisiera. Y ahora la llamo con mayúsculas, SOLEDAD. Y la huyo, y la detesto, y me bloquea.

Y quisiera volver a sentir mis brazos abiertos para que se llenaran enseguida de mi gente, de mi familia impuesta (toda la de allí) y de la escogida (la de aquí). Como en otros tiempos. Y sentir jaleo a mi alrededor, y ruido, no importa. Y reir y bailar rodeada de todos. Y sufro por sentir que ahora ya no es posible.

¿Tímida? Vais a tener razón cuando os reís. ¿Quién me va a creer que soy tímida, ahora que declaro formalmente como mi enemiga, a la soledad?