Hummm… ¡Chocolate pecador!

Hay dos cosas que nos trajeron de vuelta los conquistadores y por las que eternamente les estaré agradecida. Las patatas y…. el cacao.
Las primeras me gustan de cualquier manera. Fritas, asadas, en guiso, cocidas y regadas con un buen aceite, aplastaditas junto con alguna verdura hervida, en fin como sean, pero ¿el chocolate? El chocolate me vuelve loquita perdía.
Tengo que confesar que soy de las que me paro en los escaparates de las pastelerías y que me quedo mirando fijamente cualquier cosa que lleve chocolate, intentando resolver cúal ha sido el proceso que han seguido para conseguir esa maravilla que tengo ante mi vista y poder repetirla en cuanto llegue a casa con la insana intención de comérmela. Así lisa y llanamente. No me importa reconocer que puedo sufrir una mutación ante simplemente ese olor entre amargo y azucarado, ese color entre dorado y tan oscuro, esa textura a veces compacta y crujiente y a veces crema suave. No te digo nada si encima lo pruebo. ¡Ay la carne que es muy débil!
Cuando mi cuñada Paloma viene de Miami solemos hacernos un homenaje en una de las pastelerías más antiguas de Madrid, está en la calle Mayor 10 y os la recomiendo si esa tarde habéis decidido no darle importancia al michelín y pecar en toda regla.
Esta pastelería, El Riojano, ( si, reconozco que el nombre no es muy chic ) la fundó el pastelero de la Reina Mª Cristina de Hagsburgo y aún conserva los genuinos mostradores de caoba. Para hacerlos  trajeron la madera de Cuba y los propios ebanistas de la reina fueron los artesanos. Pero bueno, lo que importa es que detrás de la propia tienda, después de haber sorteado en los mostradores unas cuantas tentaciones, aparece un salón de té. Y ahí, ahí, es cuando Paloma y yo nos lanzamos al pecado; porque pedimos una taza de chocolate  de verdad, nada de polvitos ni sucedáneos ni cosa raras. Chocolate deshecho y punto. Brillante, espesito. ¡Por supuesto que no nos lo tomamos sólo! pero eso queda para nuestro cuaderno secreto.
Bien, ahora que ya tenéis el demonio en el cuerpo y os he incitado a bajar a la calle con la urgencia de comprar chocolate y acabar con las existencias del súper, para que seáis coherentes os digo: Si, bajad y subiros dos tabletas de chocolate negro para deshacer. Cuando estéis en casa lo mezcláis con tres cucharadas de azúcar y  un litro de leche. ¡Ja, no vale ponerse en plan, no yo no,  y comprar desnatada!
Una cazuela, una cuchara de palo, y un poquito de paciencia serán vuestras armas. A la leche le añadís el chocolate troceado,  a fuego más bien lento vais mezclando hasta que hierva. Al final del todo, el azúcar. Según decía mi madre el chocolate tiene que subir tres veces. No me preguntéis por qué. Es verdad  que a medida que va cociendo también va espesando y ya se sabe: Las cosas claras y el chocolate espeso.
Este es el chocolate normal. El que le hacéis a los niños para la merienda, pero hemos quedado que el nuestro es pecador a tope, así que vamos a ello.
A esa cazuela a la que no le quitáis ojo vais a añadirle cardamomo. Es una especia originaria de la India que consigue transformar la receta. Tiene un aroma cítrico y al final su sabor es un poquito picante, aunque resulta tan suave que no es nada agresivo. Para la cantidad que estamos manejando será suficiente una semilla un poco aplastada con el fin de que perfume en su justa medida. Con cardamomo pues, si queréis ser marajás . ¿Que queréis ser transgresores? Pues hecho, un chorrito de ron y veréis que la cosa se anima, ¿Que ya que os ponéis vais a por todas? Pues lo coronáis con una bola de nata bien espesa, espolvoreada con canela y almendras en láminas.
Lo de la manzana y el Paraíso se queda en nada comparado con esto. Eso si, ni se os ocurra pesaros al día siguiente ni hacerme responsable de que esos cuerpos serranos se os han descontrolado.
NOTA.- Esta receta es para Ana. Especialmente.